Un Café con Florence Thomas

Stephany Gaviria

Llegué a la cita en el lugar acordado. Entré al salón de onces. Las paredes estaban decoradas con cuadros de películas y libros famosos, en el centro había una mesa grande, cuadrada y de madera, con diez sillas a su alrededor y, en el medio, tres bandejas con postres y panecillos;  en una de las esquinas había una lámpara iluminando todo el lugar. Mire al frente y ahí estaba ella, Florence Thomas, sentada en una esquina, acompañada de una maleta morada en el suelo, un té y una galleta. Llevaba un saco cuello tortuga. Tenía las gafas en medio del rostro,  mientras revisaba algunos artículos para compartir en la reunión. Levantó su mirada y con sus ojos claros, medio hundidos, una sonrisa y moviendo su mano en expresión de bienvenida me invitó a sentarme junto a  ella.

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En el camino, pensaba en cómo podría ser y me dejé llevar por falsos imaginarios hacia las feministas. Imaginaba una mujer agresiva, amargada, de pocas palabras y tosca. Pero fue todo lo contrario, sentía que estaba sentada al lado de una mujer que nos ha regalado tanto, de una madre, abuela y sobre todo ser humano.

Me senté a su lado y sin pensarlo empezó hablar. Fue como si nos conociéramos de antes, entre risas y teorías, hablamos sobre su vida, el país, y un poco de la mía.  Compartimos, ese día, dos horas. Y sin embargo, no fue suficiente para viajar en el tiempo con sus historias, llenas de aventura, de sentimientos, pero sobretodo de aprendizajes. Una mujer que ha vivido para dejar huella, que ha vivido para las mujeres y por ellas, para cambiar el rumbo de nuestras historias gracias, no sólo a sus libros, sino las de muchas otras que marcaron también su pensamiento y vida.

Florence nació en Rouen, Francia. Su sangre es de allá. Pero su corazón y su vida los tiene acá, en Colombia. Aquí están sus hijos y nieto,  sus amigas,  sus estudiantes, y más de la mitad de su historia está escrita en las tierras de este país, que la recibió con “las puertas de par en par”. Este país al que llegó enamorada de un colombiano, con quien se separó pero decidió quedarse, continuar con su vida y la de sus hijos.

Hablar con Florence es entrar en un paraíso de literatura e ideología, aún más de saberes sociales. Es imposible en sus conversaciones no escucharla mencionar a las mujeres, y porqué no, a los hombres que  han pasado por su vida. Es conocer revoluciones, canciones, poemas, anécdotas, rupturas, uniones, desamores y amores en una sola mujer. Ella habla sobre lo que ha vivido, lo que conoce y en lo que cree con tal convicción que hace dudar a cualquier extremista que se siente al lado. Pero siempre  dispuesta a escuchar y a debatir, respetando a los que no están de acuerdo, porque a pesar de ser feminista y esperar apoyo de todas las mujeres, siente que a veces somos nosotras las que más la juzgamos.

Luego de una taza de té y unas pocas mordidas a su galleta, hablamos sobre sus libros preferidos, los policiacos. Un tema que suele emocionarla y preferiblemente si son escritos por Henning Mankell,  novelista y dramaturgo sueco, su favorito por la manera de incluir en la trama el contexto sociológico de Suecia. Y, a pesar de que ha leído muchos libros, puede decir que su preferido es “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir, publicado en 1949,  y cómo no, si es el que más le ha revelado la situación de su vida, de su madre, de su abuela, de las mujeres. Para Florence, Simone es una mujer que logró decirle a todas las mujeres, de la generación de su mamá y las siguientes, su malestar en la sociedad. En su selecta lista de textos también entran autores colombianos como Laura Restrepo y Tomás González. La mejor novela que ha leído, hasta el momento, es  “el color de la leche” de la autora inglesa Nell Leyshon, donde cuenta la historia de una mujer en el siglo XIX.

Florence venía de París de los años sesenta cuando llegó a Colombia. Los años de la contracultura, los años de The Beatles, de los hippies, de Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, donde se empieza a criticar el capitalismo y la cultura del consumo.   Para ella “fue una década formidable” de “hagamos el amor y no la guerra” con el gran lema de los 60:  “prohibido prohibir”. Aunque no fue hippie lo vivió de esta forma. La época en la que se empezó hablar del cuerpo femenino, la sexualidad femenina, y en la que llega la píldora anticonceptiva como una revolución total para que las mujeres de su época empezaran a recuperar su cuerpo después de años de des posesión.

Y cuando llegó a Colombia, en 1967, fue un choque porque acababa de asistir a toda una revolución, y sólo encontró un país de madres, no de mujeres. Era el único destino de una mujer, callada y sumisa. “En la asamblea de estudiantes era terrible porque solo eran hombres y una mujer y no la dejaban hablar” dice Florence. Entonces se dio cuenta que no podíamos seguir así, hablando de “vanguardias revolucionarias” con un ambiente tan patriarcal. En 1986, cuando estaban llegando las olas del feminismo norteamericano y francés al país, habló con sus compañeras sobre el tema, las invitó a reunirse una vez a la semana en su oficina con un almuerzo franco-colombiano (pan francés y una gaseosa colombiana), y ahí nació el grupo Mujer y Sociedad que está próximo a cumplir 30 años. Luego, crearon la cátedra, en la universidad Nacional, llamada “la cuestión femenina” dirigida por ella, y ahora es profesora de tiempo completo en la Nacional. “Las primeras clases que dicté las preparaba 5 a 10 horas antes, hablaba mientras me grababa y  cuando me  escuchaba pensaba que no iba a poder porque sonaba terrible mi acento, y aún sigo aprendiendo el español”.

Allí empezó a recibir las primeras críticas por parte de la sociedad, las trataban de locas, porque hablaban del aborto, que sigue siendo un “taboo”, hablaban de no ser madres, de sexualidad, de libertad a nuestro cuerpo y apropiación de nosotras por nosotras. Fue cuando entendió la cultura patriarcal en la que vivía, entendió el por qué las mujeres tenían esta historia de sumisión, por qué el cuerpo nuestro no nos pertenecía, por qué nos violaban, maltrataban, encerraban, entendió cómo nos muestran la maternidad siendo un destino ineludible.

En este espacio surgieron nuevas preguntas de nuestra posición social. Decidieron que todas las mujeres pertenecientes al grupo tenían que leer y realizar una investigación con la cuestión femenina, es decir, el feminismo que nació ahí, nació bajo un ámbito académico. Y de este grupo escribió sus dos primeros libros: “El macho y la hembra reconstruidos”, y “los estragos del amor”. Cuando se pensionó fue que empezó a escribir con otro estilo, dejándose llevar por lo que quería y el cómo deseaba expresarlo, de este ejercicio nace “Conversaciones con Violeta”, artículos en el periódico El Tiempo, “La mujer tiene la palabra”, entre otros.

Luego de media hora en la que compartimos nuestros libros favoritos y pensamientos sobre el tema, Florence pidió un café y con la misma galleta, entre risas, me confesó que la hace feliz escribir, sus amigas porque son como sus hermanas,  ser docente, Colombia le gusta, el queso en el chocolate, visitar a su familia aunque con el temor de que sea la última vez. Cree que su entrada al feminismo la aceleró el divorcio con el padre de sus hijos en 1977, porque en ese momento se preguntó ¿qué significa ser mujer en una sociedad tan machista como en Colombia?.

Florence no llegó feminista ni militante, llegó con ese baño de los 60,  llegó como una niña enamorada. Se enamoró de un colombiano y él la trajo. “Yo vivo los primeros años de una manera muy difícil, extrañaba a mi familia, no existía ninguna forma de comunicación. En los años en que llegué fue cuando muchos de mis compañeros universitarios se fueron para la guerrilla, Camilo Torres entre ellos. Es el momento de todos los izquierdismos en la Universidad Nacional, y tuve la suerte de haber llegado a donde tenía que llegar para tratar de entender a Colombia, un país tan complejo que aún no termino de comprender, y a la vez reconozco que me adoptó de una manera increíble y he sido feliz”.

Toda mujer tiene secretos que desearía guardar para siempre, y más cuando sabe que será juzgada y señalada por ello. Pero Thomas entendió que el contarlo le abriría las puertas por lo que ella sigue luchando: la legalización del aborto en nuestro país. En 1965 vivió algo que juró jamás volver hacer. En un café de París fue la primera vez que pensó en el aborto pues acababa de enterarse que tenía dos meses de embarazo, un embarazo que no deseaba porque se le cruzaba con sus sueños, con sus deseos, con sus ilusiones de ser psicóloga. Pero ella ya lo presentía antes de que se lo confirmaran, y le daba rabia pensar que nadie le dijo lo que podría pasar luego de tener relaciones sexuales, le daba impotencia saber que después de tantas clases de psicología en ningún momento le mencionaron el tema. No sabía cómo decirle a su pareja, porque lo amaba pero empezó a sentir rabia, en ese momento deseaba no haberle conocido. Al segundo café ya había tomado la decisión, Florence abortaría, dándose cuenta que es un episodio, para cualquier mujer, de profunda soledad. Ese día se juró nunca más volver hacer el amor para no tener que vivir de nuevo esto que la marcó para siempre. Pero luego de unos años, y empezar a cumplir sus sueños, nacieron sus dos hijos.

Tuvo dos hijos con el hombre por el que llegó a este país, Patrick y Nicolás. Florence agradeció criar hijos y no hijas, pues le parecía mucho más difícil en esta cultura, porque, desafortunadamente, el mundo pertenece a los hombres. Ahora, piensa que sería diferente, pues el mundo ha empezado a cambiar y por eso escribió su libro “conversaciones con Violeta”.  Sus dos hijos han sido solidarios con el feminismo, Florence fue una mamá común y corriente, en contra de todas las ideas falsas acerca de las feministas. Probablemente, a veces, un poco patriarcal, pero considera que fue una excelente madre. Nicolás Morales, es su hijo mayor, de 46 años, es jefe de edición de la Universidad Javeriana; y  Patrick Morales, el menor, es antropólogo,  tiene 43 años, trabaja en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Y tiene un nieto varón. Solo ha tenido hombres, y es “a través de ellos, de sus amigas y de sus novias, que he conocido a las mujeres de su generación”.13115862_10208128178335182_1753050698_n

Entender que las feministas no son particulares, ni un sujeto traído de otro mundo es importante para comprender el porqué de su revolución. Florence se enamoró varias veces, crío dos hijos como una mamá normal, a veces cayendo en la trampa del patriarcado. Hay miles de maneras de ser feministas, ella es una feminista en Colombia entre las primeras, de los 60,  y había tanto por hacer que evidentemente no  pensó en las mujeres indígenas, en las afrodescendientes y por eso no todas  la quieren, pero la respetan, porque ella abrió el camino, con muchas otras compañeras. Ella realmente habló en nombre de las mujeres. Aunque, reconoce que las mismas podemos dañar nuestro movimiento.

Ya pasaron dos horas, el café y la galleta habían terminado, y a nuestro alrededor el grupo estaba listo para empezar “Café con mujeres”. Sólo quedaba con una pregunta para hacerle, había llegado a este lugar con la duda de quién era Florence Thomas y quería escucharlo de sus propias palabras: “Soy una mujer que probablemente no me sentía muy feliz con ese papel de mujer que recibí en mi educación en Francia. Con una madre muy inteligente y terriblemente frustrada, porque quería ser médica pero su padre no la dejó por el hecho de ser mujer y tener que casarse y engendrar hijos. Entonces mi mamá empezó a leer a escondidas a Simone de Beauvoir y descubrió lo que le pasaba, lo que significaba la condición femenina. Pero tuve muchos problemas con ella porque quería pasarme todas sus frustraciones. Tuve dos hermanos hombres, mayores, y mi madre quiso que su única hija cumpliera lo que ella no pudo cumplir; por eso finalmente, creo, que me vine a Colombia. Me sentía ahogada, y entonces inconscientemente me enamoro de un Colombiano en París que me va a llevar para Colombia, yo ni sabía dónde quedaba, sólo quería irme lejos de mi mamá para poder ser yo, porque sentía que no podía serlo cerca de ella. Y no es que no nos quisiéramos pero fue una relación compleja. Finalmente me voy y eso me salvó. Gracias a esto pude empezar a ser Florence, antes era muy difícil, yo era sólo la hija de mi madre”.

 

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